martes, 17 de marzo de 2015

La matanza en Indonesia

Hace cuarenta años
John Roosa y Joseph Nevins
CounterPunch
Traducido para Rebelión por Germán Leyens

“Uno de los peores asesinatos masivos del Siglo XX”. Así describió una publicación de la CIA la masacre que comenzó el pasado mes hace cuarenta años en Indonesia. Fue una de las pocas afirmaciones correctas contenidas en el texto. Las 300 páginas fueron dedicadas a culpar a las víctimas de los asesinatos – los seguidores del Partido Comunista de Indonesia (PKI) – por sus propias muertes.
El PKI había supuestamente apoyado un golpe de estado y una insurrección a escala nacional llamada el Movimiento del 30 de Septiembre, (que, por algún motivo desconocido comenzó el 1 de octubre). El asesinato masivo de cientos de miles de seguidores del partido durante los meses siguientes era considerado por lo tanto una reacción natural, inevitable, y justificable, de los no-comunistas que se sintieron amenazados por el intento violento del partido de llegar al poder estatal. Los asesinatos formaban parte del “tiro por la culata” que anunciaba el título: “Indonesia-1965: El golpe que fue un tiro por la culata”. Más tarde se reveló que el informe de 1968 había sido escrito por Helen Louise Hunter. Reconocía la masiva cantidad de asesinatos, y al mismo tiempo descartaba la necesidad de considerarlos en detalle. Se concentró en demostrar que el PKI fue responsable del Movimiento del 30 de Septiembre, mientras restringía lo fundamental: las atrocidades contra el PKI, a un comentario breve, casual. [1]

El informe de la CIA escrito por Hunter expresó con exactitud la narrativa de los comandantes del ejército indonesio cuando organizaron la masacre. Esa narrativa describía al Movimiento 30 de Septiembre – un asunto desorganizado, a pequeña escala que duró 48 horas y resultó en un total de 12 muertes, entre ellas seis generales del ejército –– en el mayor mal que jamás había afectado a Indonesia [2]. El comandante del ejército, general de división Suharto, justificó su adopción de poderes de emergencia a fines de 1965 y comienzos de 1966 insistiendo en que el Movimiento 30 de Septiembre fue una artera conspiración del PKI para apoderarse del poder estatal y asesinar a todos sus enemigos. El régimen de ley marcial de Suharto detuvo a cerca de un millón y medio de personas como prisioneros políticos (por períodos de diferente duración) y las acusó de estar “directa o indirectamente involucradas en el Movimiento 30 de Septiembre. Los cientos de miles de personas muertas a tiros, apuñaladas, apaleadas o hambreadas hasta la muerte fueron calificadas de perpetradores, o posibles perpetradores de atrocidades, tan culpables del asesinato de los generales como el puñado de personas que fueron las verdaderamente culpables.

El Movimiento 30 de Septiembre fue el incendio del Reichstag de Suharto: un pretexto para destruir el partido comunista y apoderarse del poder del Estado. Como en el incendio de febrero de 1933 del parlamento alemán que Hitler utilizó para crear una atmósfera histérica, crítica, el Movimiento 30 de Septiembre fue exagerado por la camarilla de oficiales de Suharto hasta que asumió las proporciones de un monstruo salvaje, maligno, supernatural. El ejército fomentó una campaña de propaganda anticomunista desde los primeros días de octubre de 1965: “el PKI” había castrado y torturado a los siete oficiales del ejército que había secuestrado en Yakarta, habían bailado desnudos y cortado los cuerpos de los oficiales con cien hojas de afeitar, preparado listas para asesinatos, cavado miles de fosas en todo el país para enterrar innumerables cadáveres, acumulado armas importadas de China, etc. El ejército prohibió numerosos periódicos e impuso la censura militar al resto. Fue precisamente este trabajo de guerra psicológica del ejército lo que creó las condiciones bajo las cuales parecía justificarse el asesinato masivo “del PKI”.

La pregunta de si el PKI organizó o no en realidad el Movimiento 30 de Septiembre es sólo importante porque el régimen de Suharto le dio importancia. De otro modo, es irrelevante. Incluso si el PKI no hubiera tenido absolutamente nada que ver con el movimiento, los generales lo habrían culpado por su existencia. En realidad, construyeron su caso contra el PKI sobre la base de transcripciones de los interrogatorios de los participantes del movimiento que no habían sido ejecutados sumariamente. El ejército utilizó la tortura como procedimiento normal para los interrogatorios, de manera que no se puede confiar en las declaraciones de los sospechosos. El informe de Hunter para la CIA, basado sobre todo en esas transcripciones, tiene tanto valor como un texto de la Inquisición sobre la brujería.

Es obvio que el PKI en su conjunto no fue responsable del Movimiento 30 de Septiembre. Los tres millones de miembros del partido no participaron en este último. Si lo hubieran hecho, no habría sido un asunto de tan pequeña escala. Sin embargo, parece ser que el presidente del partido, D.N. Aidit, tuvo un papel crucial. Fue ejecutado sumaria y secretamente a fines de 1965, así como dos de los tres principales líderes del Politburó (Lukman y Njoto), antes de que pudieran suministrar sus informes. El que sobrevivió al terror inicial, el secretario general del partido, Sudisman, admitió ante el tribunal espectáculo de los militares en 1967 que el PKI, como institución,, no sabía nada del Movimiento 30 de Septiembre pero que ciertos dirigentes estuvieron involucrados como personas. Si los líderes del movimiento hubieran sido tratados como los dirigentes de anteriores revueltas contra el gobierno poscolonial, habrían sido arrestados, procesados y sentenciados. No se habría encarcelado o masacrado a todos los miembros de sus organizaciones.

Ante tan poca discusión pública y tan poca investigación seria de los asesinatos masivos de 1965–1966, estos crímenes siguen sin ser comprendidos. Mucha gente fuera de Indonesia cree que las víctimas fueron sobre todo chinos indonesios. Aunque algunos chinos indonesios se encontraban entre las víctimas, de ninguna manera eran la mayoría. La violencia apuntó a miembros del PKI y de las diversas organizaciones aliadas del partido o que simpatizaban con él, no importa a qué etnia pertenecían: javaneses, balineses, sundaneses, etc. No se trató de un caso de limpieza étnica. Mucha gente imagina que los asesinatos fueron cometidos por una turba frenética que arrasó aldeas y vecindarios urbanos. Pero la investigación reciente de la historia oral sugiere que la mayoría de los asesinatos fueron ejecuciones de detenidos, [3] Se requiere mucha investigación más antes de que se pueda llegar a conclusiones definitivas.

El presidente Sukarno, el objetivo del presunto intento de golpe del PKI, comparó la violencia asesina del ejército contra los estigmatizados como PKI con un caso de alguien que “quema una casa para matar a una rata”. Protestó repetidamente contra las exageraciones del ejército sobre el Movimiento 30 de Septiembre. No fue, dijo, nada más que una onda en el amplio océano”. Su incapacidad o falta de disposición de hacer otra cosa que protestas retóricas, sin embargo, terminó por condenar su régimen. En marzo de 1966, Suharto se apoderó del poder para despedir, nombrar y arrestar a ministros del gabinete, incluso mientras mantenía a Sukarno como presidente figurón hasta marzo de 1967. El gran orador que había dirigido la lucha nacionalista contra los holandeses, el visionario cosmopolita del Movimiento No-Alineado, fue menos hábil que un taciturno, inculto, brutal y corrupto general de una aldea javanesa.

Suharto, un don nadie en la política indonesa, actuó contra el PKI y Sukarno con el apoyo total del gobierno de EE..UU. Marshall Green, embajador estadounidense en Indonesia en aquella época, escribió que la embajada había “dejado en claro” al ejército que Washington “simpatizaba con y admiraba en general” sus acciones. [4] Funcionarios de EE.UU llegaron a expresar su preocupación de que el ejército podría no hacer lo suficiente para aniquilar al PKI. [5] La embajada de EE.UU. suministró equipo de radio, walkie-talkies, y armas de pequeño calibre a Suharto para que sus soldados pudieran realizar el ataque contra civiles en todo el país. [6] Un funcionario diligente de la embajada con un gusto por la recolección de datos hizo su parte al entregar al ejército una lista de miles de nombres de miembros del PKI. [7] Un tal apoyo moral y material fue muy apreciado por el ejército indonesio. Como informara un asistente del jefe de estado mayor del ejército a funcionarios de la embajada de EE.UU. en octubre de 1965: “era exactamente lo necesario para estar seguros de que no nos fueran a atacar por todos lados mientras actuábamos para arreglar las cosas aquí”. [8]

Esta colaboración entre EE.UU. y la máxima dirección del ejército en 1965 se arraigaba en el antiguo deseo de Washington de tener un acceso privilegiado y reforzado a la riqueza en recursos del Sudeste Asiático. Mucha gente en Washington consideraba a Indonesia la pieza central en la región. Richard Nixon dijo que el país “contiene la acumulación más rica de recursos naturales de la región” y que “es de lejos la recompensa más grandiosa en el área del Sudeste Asiático”. [9] Dos años antes, en un discurso en Asia en 1965, Nixon había argumentado a favor de bombardear Vietnam del Norte para proteger “el inmenso potencial mineral” de Indonesia”. [10] Pero aparecieron obstáculos a la realización de la visión geopolítica-económica de Washington cuando emergió el gobierno de Sukarno en Indonesia después de la independencia. La política interna y extranjera de Sukarno era nacionalista, no-alineada, y explícitamente antiimperialista. Además, su gobierno mantenía una relación de trabajo con el poderoso PKI, y Washington temía que este último terminaría por ganar las elecciones nacionales.

La administración Einsenhower trató de despedazar a Indonesia y de sabotear la presidencia de Sukarno, apoyando revueltas secesionistas en 1958. [11] Cuando fracasó esa aventura criminal de los hermanos Dulles, los estrategas en Washington dieron marcha atrás y comenzaron a respaldar a los oficiales militares del gobierno central. La nueva estrategia fue cultivar las relaciones con oficiales anticomunistas que pudieran estructurar gradualmente el ejército como un gobierno alternativo capaz de reemplazar al presidente Sukarno y eliminar al PKI en alguna fecha futura. Los generales superiores en Yakarta aguardaron su ocasión y el momento oportuno para lo que los estrategas calificaron de un “enfrentamiento” final con el PKI. [12] Ese momento llegó el 1 de octubre de 1965.

La destrucción del PKI y el derrocamiento de Sukarno resultaron en un cambio dramático en la ecuación del poder regional, lo que llevó a la revista Time a saludar la sangrienta toma del poder de Suharto como “la mejor noticia en Asia para Occidente desde hace años”. [13] Varios años después, la publicación U.S. Navy League se deshizo en elogios sobre el nuevo rol de Indonesia en el Sudeste Asiático, diciendo: “ese controlador poco agresivo, pero duro, en esa área”, mientras caracterizaba al país como “una de las naciones más desarrolladas de Asia dotada por la suerte con lo que es probablemente la ubicación geográfica más determinante desde el punto de vista estratégico del mundo”. [14] Entre otras cosas, esa euforia reflejó precisamente lo lucrativo que resultó el relevo de la guardia en Indonesia para los intereses empresariales occidentales.

La camarilla de oficiales de Suharto tomó el poder con una estrategia económica a largo plazo. Esperaban que la legitimidad de su nuevo régimen proviniera del crecimiento económico y que ese crecimiento fuera el resultado de la atracción de inversiones occidentales, de la exportación de recursos naturales a los mercados occidentales, y de los ruegos por ayuda occidental. La visión de Suharto para el ejército no tenía que ver con la defensa de la nación contra la agresión extranjera sino con la defensa del capital extranjero contra los indonesios. Intervino personalmente en una reunión de ministros del gabinete en diciembre de 1965 que discutía la nacionalización de las compañías petroleras Caltex y Stanvac. Poco después del inicio de la reunión, llegó repentinamente en helicóptero, entró a la sala, y declaró, como dice el jubiloso informe de la embajada de EE.UU., que los militares “no tolerarán acciones precipitadas contra compañías petroleras”. Confrontado con una tal amenaza, el gabinete postergó indefinidamente la discusión. [15] Al mismo tiempo, el ejército de Suharto encarcelaba y asesinaba a dirigentes sindicales en las instalaciones de las compañías petroleras y las plantaciones de caucho estadounidenses. [16]

Una vez que Suharto apartó definitivamente a Sukarno en marzo de 1966, se abrieron las esclusas de la ayuda extranjera. EE.UU. envió grandes cantidades de arroz y de textiles con la intención política explícita de reforzar su régimen. Se quería convencer a los indonesios mediante la baja de los precios de que el régimen de Suharto constituía una mejora sobre el de Sukarno. La capacidad del régimen durante los años siguientes de sustentar el crecimiento económico mediante la integración con el capital occidental suministró toda la legitimidad que podría tener. Una vez que el modelo de crecimiento terminó con la huída de capitales de la crisis económica asiática de 1997, la legitimidad del régimen se evaporó rápidamente. Los estudiantes universitarios de clase media, frutos del crecimiento económico, jugaron un papel particularmente importante en la expulsión de Suharto de su posición. El régimen de Suharto vivía del capital extranjero y murió con el capital extranjero.

Ahora ha quedado en claro que el tan cacareado crecimiento económico de los años de Suharto fue severamente perjudicial para el interés nacional. El país ganó poco con todos los recursos naturales vendidos en el mercado mundial. Los pagos de la deuda externa e interna, parte de la cual provienen de la odiosa deuda de los años de Suharto, se tragan gran parte del presupuesto gubernamental. Debido a los mínimos gastos en la salud, abundan las enfermedades epidémicas y prevenibles. Hay poca producción industrial interior. Los bosques, con los cuales los oficiales militares y compinches de Suharto siguen ganando fortunas, son talados y quemados a una velocidad alarmante. El país importa inmensas cantidades de productos básicos que podrían ser fácilmente producidos en mayor escala en Indonesia, como azúcar, arroz y soja. Los principales productos de las aldeas son ahora los trabajadores migrantes, o “héroes de las divisas extranjeras”, para citar un letrero luminoso en el aeropuerto de Yakarta.

Además del saqueo de los recursos básicos de Indonesia, el régimen de Suharto causó un nivel sorprendente de sufrimientos innecesarios. Bajo sus órdenes, los militares indonesios invadieron el vecino Timor Oriental en 1975 después de recibir luz verde del presidente Gerald Ford y de su secretario de estado, Henry Kissinger. El resultado fue una ocupación que duró casi 24 años y que dejó un saldo de decenas de miles de muertos en Timor Oriental. Dentro de la propia Indonesia, la TNI cometió atrocidades generalizadas durante campañas de contrainsurgencia en las provincias ricas en recursos de Papua Occidental y Aceh, resultando en decenas de miles de fatalidades adicionales.

Con la renuncia forzada de Suharto en 1998, se abrió un importante espacio democrático en Indonesia. Hay elecciones nacionales y locales competitivas. Víctimas del “Nuevo Orden” y sus familias pueden organizarse. Incluso hay un esfuerzo oficial por crear una comisión nacional de la verdad para investigar las atrocidades del pasado. A pesar de ello, los militares siguen amenazando el sistema político del país. No ha habido una investigación exhaustiva propiamente tal de las innumerables matanzas que tuvieron lugar en 1965-1966, Los libros de texto de historia todavía se concentran en el Movimiento del 30 de Septiembre y no mencionan las masacres. Del mismo modo, ningún dirigente militar o político ha sido responsabilizado por los crímenes de la era de Suharto (o los que han tenido lugar desde entonces), aumentando así la probabilidad de futuras atrocidades. La impunidad causa continuas preocupaciones a la sociedad civil indonesa y las regiones intranquilas, así como en el empobrecido, ahora independiente, Timor Oriental. Por lo tanto no sorprende que el gobierno del país más reciente del mundo se sienta obligado a restar importancia a las demandas de justicia de su ciudadanía y a enfatizar un proceso inocuo de reconciliación con Indonesia. Mientras tanto, en Estados Unidos, a pesar del apoyo político y los miles de millones en armas, entrenamiento militar y ayuda económica de EE.UU. a Yakarta durante las cuatro décadas precedentes, el papel de Washington en los campos de la muerte de Indonesia en 1965-1966 y la brutalidad subsiguiente ha sido efectivamente enterrado, posibilitando así los actuales esfuerzos de la administración Bush por incrementar los vínculos con los militares indonesios, como parte de la “guerra contra el terror” global. [17] La partida de Suharto no ha conducido a cambios radicales en el Estado y la economía de Indonesia.

Sukarno solía acusar al colonialismo holandés diciendo que Indonesia era “una nación de culíes, y un culí entre las naciones”. Gracias a los años de Suharto, esa descripción sigue válida. Los principios de la autosuficiencia, prosperidad, y reconocimiento internacional por los que se libró la lucha nacionalista, parecen ahora tan remotos como siempre. Es alentador que numerosos indonesios recuerden ahora la lucha de Sukarno contra el imperialismo occidental (primero el de Holanda y luego de EE.UU.), después de vivir la miseria que produjo la estrategia de colaboración de Suharto. En su discurso del año de “vivir peligrosamente” de agosto de 1964 – una frase recordada en Occidente sólo como el título de una película de 1982 con Mel Gibson y Sigourney Weaver ­ Sukarno habló del ideal indonesio de independencia nacional en lucha por mantenerse a flote en “un océano de subversión e intervención de los imperialistas y los colonialistas. La toma del poder estatal de Suharto, con ayuda de EE.UU., hace cuarenta años este mes, ahogó en sangre ese ideal, pero podría alzarse de nuevo durante la actual crisis económica que está poniendo en peligro las vidas de tantos indonesios.

John Roosa es profesor adjunto de historia en la Universidad de British Columbia, y autor de “Pretext for Mass Murder: The September 30th Movement and Suharto's Coup d'État in Indonesia” (University of Wisconsin Press, que aparecerá en 2006).

Joseph Nevins es profesor adjunto de geografía en Vassar College, y es autor de “A Not-so-distant Horror: Mass Violence in East Timor (Cornell University Press, 2005).

Para contactos con ambos: jonevins@pop.vassar.edu

Notas

1. Un antiguo agente de la CIA que trabajo en el Sudeste Asiático, Ralph McGehee, señaló en sus memorias que la agencia preparó un informe separado sobre los eventos de 1965, en el que reflejó las opiniones honestas de sus agentes, para sus propios lectores internos. La descripción del informe que hizo McGehee fue fuertemente censurada por la agencia cuando examinó un informe que publicó por primera vez en la edición del 11 de abril de 1981 de The Nation. “Deadly Deceits: My 25 Years in the CIA” (New York: Sheridan Square, 1983), pp. 57-58. Dos artículos en la revista interna de la agenciaStudies in Intelligence han sido desclasificados: John T. Pizzicaro, "The 30 September Movement in Indonesia," (Otoño de 1969); Richard Cabot Howland, "The Lessons of the September 30 Affair," (Otoño de 1970). Este último [en inglés] se encuentra online: http://www.odci.gov/csi/kent_csi/docs/v14i2a02p_0001.htm

2. En Yakarta, los soldados del movimiento secuestraron y mataron a seis generales y a un teniente capturado por error en la casa del séptimo que evitó ser capturado. Durante estos secuestros murieron: la hija de cinco años de un general, un sobrino adolescente de otro general y un guardia de seguridad. En Java Central, dos coroneles fueron secuestrados y asesinados.

3. John Roosa, Ayu Ratih, y Hilmar Farid, eds. Tahun yang Tak Pernah Berakhir: Memahami Pengalaman Korban 65; Esai-Esai Sejarah Lisan [The Year that Never Ended: Understanding the Experiences of the Victims of 1965; Oral History Essays] (Yakarta: Elsam, 2004). Considere también la matanza investigada en el excelente filme documental de Chris Hilton: “Shadowplay” (2002).

4. Telegrama de la embajada en Indonesia al Departamento de Estado, 4 de noviembre de 1965 en United States Department of State, Foreign Relations of the United States, 1964-1968, vol. 26, p. 354. Este volumen FRUS se encuentra online en el sitio e la red del National Security Archive: http://www.gwu.edu/~nsarchiv/NSAEBB/NSAEBB52/#FRUS

5. Telegrama de la embajada en Yakarta al Departamento de Estado, 14 de octubre de 1965. Citado en Geoffrey Robinson, “The Dark Side of Paradise: Political Violence in Bali” (Ithaca: Cornell University Press, 1995), p. 283.

6. Frederick Bunnell, "American 'Low Posture' Policy Toward Indonesia in the Months Leading up to the 1965 'Coup'," Indonesia, 50 (octubre de 1990), p. 59.

7. Kathy Kadane, "Ex-agents say CIA Compiled Death Lists for Indonesians," San Francisco Examiner, 20 de mayo de 1990, Online en http://www.pir.org/kadane.html

8. CIA Report no. 14 a la Casa Blanca (desde Yakarta), 14 de octubre de 1965. Citado en Robinson, “The Dark Side of Paradise”, p. 283.

9. Richard Nixon, "Asia After Viet Nam," Foreign Affairs (octubre de 1967), p. 111.

10. Citado en Peter Dale Scott: "Exporting Military-Economic Development: America and the Overthrow of Sukarno," en Malcolm Caldwell (ed.), “Ten Years' Military Terror in Indonesia” (Nottingham (U.K.): Bertrand Russell Peace Foundation por Spokesman Books, 1975), p. 241.

11. Audrey R. Kahin y George McT. Kahin, “Subversion as Foreign Policy: The Secret Eisenhower and Dulles Debacle in Indonesia” (New York: The New Press, 1995), p. 1.

12. Bunnell, "American 'Low Posture' Policy," pp. 34, 43, 53-54.

13. Time, 15 de julio de 1966. También vea: Noam Chomsky, Year 501: The Conquest Continues (Boston: South End Press, 1993), pp. 123-131.

14. Lawrence Griswold, "Garuda and the Emerald Archipelago: Strategic Indonesia Forges New Ties with the West," Sea Power (Navy League of the United States), vol. 16, no. 2 (1973), pp. 20, 25.

15. Telegrama 1787 desde Yakarta al Departamento de Estado, 16 de diciembre de 1965, citado en Brad Simpson: "Modernizing Indonesia: U.S.­Indonesian Relations, 1961-1967," (Ph.D. dissertation, Department of History, Northwestern University, 2003), p. 343.

16. Hilmar Farid, "Indonesia's Original Sin: Mass Killings and Capitalist Expansion 1965-66," Inter-Asia Cultural Studies, vol. 6, no. 1 (March 2005).

17. Para información sobre los vínculos militares de EE.UU. e Indonesia, vea el sitio en la red de East Timor Indonesia Action Network at http://www.etan.org/