jueves, 7 de mayo de 2009

El canto del gallo rojo.

Raúl Bracho.

Las palabras son la diferencia. No los trinos ni los ladridos, ni los graznidos ni los rebuznos. El canto del gallo es eterno, circular e incesante, cual segundero. Gira y gira desde el comienzo de las especies y los tiempos al compás de la luz del sol que va dándole la vuelta cada 24 horas a nuestra tierra. Un canto de gallos anunciando amaneceres, milenario; que se desplaza tras la línea de la noche y el día persiguiendo en las noches la luz y abriendo amaneceres; desde el comienzo de todos tiempos, desde que aparecimos quienes habitamos el planeta.

De la selva a la ciudad. De lo irracional a lo pensante. Esa es la diferencia entre los hombres y los demás seres que habitamos esta tierra. Hay que entender la diferencia que separa al hombre del resto de las criaturas para entender la historia. La primera de todas las leyes es la supervivencia, fundamentada por esa necesidad ególatra de cada animalito por no dejarse matar por su especie inmediatamente superior en voracidad y fuerza. Hablo de aquella ley que aun nos mancha la conducta, de la muerte, el asesinato, el acecho como fuerzas hermosas de la selva. El tigre que persigue y depreda a las gacelas, los lobos que se comen a las liebres, el pez más grande devorando al más chico.

El animal como poblador original sobrevive devorando a otro y evitando dejarse devorar. Este suceder de acechos y dentelladas, de unos devorándose a los otros se escapa de lo bueno y de lo malo. Se entiende que en la biología de la selva es la única forma de sobrevivir, se justifica por el hambre y el dominio. Si eso no se llama egoísmo,
salvajismo, violencia, crueldad, que otro me diga lo que es. Un mundo que se alimenta de si mismo.

Aparece entonces el humano, este primate, que según nos cuenta Darwin en la evolución de las especies es el nos plus ultra de la creación. Heredando el ejercicio de esta ley, la única antes del asfalto, de las fábricas, de los autos, de los trajes y el dinero. El egoísmo entonces no era malo, al contrario, necesario: preserva, sacia, alimenta el hermoso milagro de la vida sobre esta pequeña esfera celestial que orbita incansable alrededor del sol.

La diferencia entre el hombre y las especies se llama raciocinio. Aquel primate que aprende, nadie sabe de donde a levantar su mano y utilizarla. A crear día a día mejores herramientas: hachas, cuchillos, flechas y taparrabos. Pierde su pelaje, si es que alguna vez lo tuvo y se queda desnudo ante el espacio, con una diferencia que lo hace dominar: está desarrollándose en su interior una mutación asombrosa: aprende a pensar.

De allá nació el capitalismo. De aquella costumbre de dominio milenaria, de los coletazos y dentelladas del dinosaurio, de los aullidos de dolor en las noches en la jungla, de aquella necesaria ley de matar para no ser matado, de comer a otro para no ser comido, justificada por el hambre, por una necesidad de alimentarse de lo que te rodea, de devorar a otros seres vivos. Por la vieja ley de sobrevivir.

Trato de entender que ese gen de la selva, repetido en nuestro interior es el padre de tantos males al inventar la propiedad, que antes se llamaba territorio, demarcado por orines y olores y que hoy se demarca a bombazos y disparos. Que se compra y que se vende, que se explota. Que aun preservamos esa memoria salvaje manifiesta en otra dimensión que supera el hambre de la barriga, por hambres nuevas que nacen de aquellas guturales creaciones que nos distanciaban del resto de las especies: las palabras. Aprender en medio de la selva a dominar al más débil de nosotros, a esclavizar, aprender a tener "propiedad" sobre las tierras y a canjear, a cambiar unas por otras, hasta llegar a concebir la ganancia, la explotación, el dinero, la guerra, el dominio, ese egoísmo originario, transformado por la capacidad de conocer y manipular, por la increíble memoria coherente y concatenante que nos empezó a explicar como funcionaba el sistema astral y nuestro medio, es la cuna de tantas injusticias, de tantas agresiones, injusticias, imperios, dominios, víctimas, aviones, fusilamientos, bombardeos, espaldas quemadas por napalm, portaviones, presidentes, casinos, drogas, prostitutas y también del sueño: la libertad.

¿Cruel? ¿Salvaje? Absolutamente, pero sólo trato de entender sin emitir juicios, para que tu me oigas y saber de dónde tanto oficio de deprede, tantas guerras, tanto apego a lo individual. Todo viene de la selva, pero agigantado a desastres por un virus que nace en el hombre, quienes éramos tan sólo otra más entre todas las especies: la imaginación.
Terrible, indetenible, poderosa. Imaginar, imaginar e imaginar. Con nuestras manos y mentes uniendo elementos, hurgando en todo el universo, hasta dominar al átomo y el espacio sideral.

Cada día, me levanta el canto de los gallos milenarios, hoy traté de comprender su oficio. Entendí y amé más al gallo rojo de mi partido comunista y ame más esa palabra:
Comunismo. Antitesis de lo hasta aquí expuesto, salida universal a los tiempos de la selva, de la muerte, de la guerra y portal infinito del futuro: lo común, lo comunal: la comunidad: el comunismo. Fin de la ley de la selva y comienzo de la ley del amor universal. Me levanto a cantar cual un gallo nuevo esa palabra tan temida, aun en esta era de cambios hermosos de mi siglo, pero necesaria. Comienzo de la historia verdadera de los hombres ante el universo enorme y gigante que nos aguarda, sentí la urgencia de revolotear mis alas esta madrugada y gritárselos a todos:

¡Soy comunista toda la vida y comunista he de morir!

Raúl Bracho.